26.6.11

¿Arte Sacro o Arte Religioso? La Sala Matisse en los Museos Vaticanos

Por Héctor Balvanera A.
Bienes Culturales, Arquitectura y Arte Sacro

Cuando hablamos sobre el arte cristiano, es necesario tener en cuenta que este tiene dos grandes vertientes: el estar destinado para el culto y la devoción, o bien, ser una expresión de la vida cristiana; ya sea mirando desde dentro o de fuera. Si, y es que en la historia del arte cristiano no solo tenemos artistas creyentes. También los ha habido judíos, agnósticos (como el mismo Matisse), etc. que han legado piezas importantes que enriquece el patrimonio artístico cultural de la Iglesia.

Y ya que en esta entrada presentamos la sala dedicada a Matisse en los Museos Vaticanos es recomendable acudir a libros como "Joy Lasts. On the Spiritual in Art" escrito por Sister Wendy Beckett donde se trata sobre la espiritualidad y el arte, haciendo hincapié en la distinción de lo sacro (sagrado) y la mera inspiración  de un tema cristiano, como uno más dentro del mundo estético. Beckett es una  religiosa británica reconocida y respetada dentro del mundo del Arte, que en este libro toma "el Cristo en la Cruz" de El Greco como punto de partida para tratar las diferencias entre la expresión que busca ser un medio hacia la contemplación y aquella que, aunque tenga una técnica magistral, expresa simplemente una escena.

Tenemos pues que: hay quien crea arte para la fe, teniéndola; y también, algunos otros que, aunque no la tienen, pueden expresarla extraordinariamente bien, quizás mejor aún que algunos que la tienen o dicen tenerla... ¿paradoja o juego de palabras? Podemos responder: es la Providencia.

Aquí el enlace de un video sobre la Sala Matisse: http://multimedia.lastampa.it/multimedia/vatican-insider/es/lstp/57044/


4.6.11

La carta de San Juan Pablo II a los Artistas (2a parte): más pistas...

Por Héctor Balvanera A.
Bienes Culturales, Arquitectura y Arte Sacro

Siguiendo la lectura de la carta del Beato Juan Pablo II a los artistas, antes de presentar el texto, es importante distinguir y no confundir el quehacer dedicado a Dios con la forma en que le dedicamos nuestra vida. Antoni Gaudí lo comprendió poco a poco en el transcurso de su vida. Un proceso de conversión que lo llevo a "crear" según la vida cristiana al redescubrir la fe. Otros como Frá Angélico empató ambas vocaciones en su vida como religioso. Sin embargo, la figura del genio de la Basílica de la Sagrada Familia  en Barcelona pueda resultar un modelo de vida más cercano al artísta que no es religioso consagrado o clerigo. En estos tiempos, la comprensión de la experiencia religiosa pareciera condenada, publicamente, a una experiencia privada y exclusiva del hogar y el templo. Pero ¿Quien enciende una lámpara para ocultarla debajo?.. nuestro mundo necesita del brillo de ese fuego del corazón que emana y alimenta la creación artística.

La especial vocación del artista
2. No todos están llamados a ser artistas en el sentido específico de la palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra.
Es importante entender la distinción, pero también la conexión, entre estas dos facetas de la actividad humana. La distinción es evidente. En efecto, una cosa es la disposición por la cual el ser humano es autor de sus propios actos y responsable de su valor moral, y otra la disposición por la cual es artista y sabe actuar según las exigencias del arte, acogiendo con fidelidad sus dictámenes específicos[2]. Por eso el artista es capaz de producir objetos, pero esto, de por sí, nada dice aún de sus disposiciones morales. En efecto, en este caso, no se trata de realizarse uno mismo, de formar la propia personalidad, sino solamente de poner en acto las capacidades operativas, dando forma estética a las ideas concebidas en la mente.
Pero si la distinción es fundamental, no lo es menos la conexión entre estas dos disposiciones, la moral y la artística. Éstas se condicionan profundamente de modo recíproco. En efecto, al modelar una obra el artista se expresa a sí mismo hasta el punto de que su producción es un reflejo singular de su mismo ser, de lo que él es y de cómo es. Esto se confirma en la historia de la humanidad, pues el artista, cuando realiza una obra maestra, no sólo da vida a su obra, sino que por medio de ella, en cierto modo, descubre también su propia personalidad. En el arte encuentra una dimensión nueva y un canal extraordinario de expresión para su crecimiento espiritual. Por medio de las obras realizadas, el artista habla y se comunica con los otros. La historia del arte, por ello, no es sólo historia de las obras, sino también de los hombres. Las obras de arte hablan de sus autores, introducen en el conocimiento de su intimidad y revelan la original contribución que ofrecen a la historia de la cultura.

 


[2] Las virtudes morales, y entre ellas en particular la prudencia, permiten al sujeto obrar en armonía con el criterio del bien y del mal moral, según la recta ratio agibilium (el justo criterio de la conducta). El arte, al contrario, es definido por la filosofía como recta ratio factibilium (el justo criterio de las realizaciones).

30.5.11

El artista, imagen de Dios Creador…geniales constructores de belleza


Por Héctor Balvanera A.
Bienes Culturales, Arquitectura y Arte Sacro


Es un reto mayúsculo responder a este llamado, no porque lo haya firmado un Sumo Pontífice (particularmente uno como el Beato Wojtyla); sino porque es, a todas luces, un clamor inspirado por el Espíritu Santo a que desde la especial tarea de la creatividad humana, cooperemos con el Señor; un compromiso que trasciende lo formal-profesional: Testimonio de vida.

Quizás de modo, un poco orgulloso, en nuestra actividad nos hemos atrevido a sentirnos en un lugar preferente, por ser artistas. Bien pareciera que a la palabra creación  la hemos despojado de la “ce” mayúscula para hacerla de nuestro tamaño ¿Con que propósito? Tal vez para que no pese tanto la responsabilidad de integrar nuestra labor con nuestra fe.

Según la teoría del diseño y composición, para iniciar un proyecto se formulan dos preguntas: ¿Que es?  Y ¿Para quien es? (El resto de interrogantes aplicables pueden incluirse dentro de estas). En el caso del artista católico la segunda cuestión es determinante, sobre todo cuando se trata de un proyecto de arte religioso; primero, porque más allá de las necesidades utilitarias del usuario (feligresía, clero o público en general), esta la fe: el sentido clave al proyecto.

Es bueno mirar con esperanza, tener presente más a menudo al único Creador y personalizar esas palabras de Juan Pablo II donde llama al artista: genial constructor de belleza. Y es que el Amor del Padre nos ha entregado un don, pero no solo para el disfrute personal; es uno que tiene que fructificar como la buena semilla, para compartir y alimentar: A través de nuestro arte, ser instrumentos para el anuncio de la Buena Nueva.


28.5.11

Entremeses(1)

 Por Héctor Balvanera A.
Bienes Culturales, Arquitectura y Arte Sacro

A modo de intermedio, presentamos este "entremés". Distensión necesaria; humor tomado con la debida seriedad (siempre se corre el riesgo de pensar que la erudición es aburrida, seca y de pose).

El Beato Juan Pablo II, una figura compleja, heroica en virtudes; aunque no sin controversias de lado. Roma locuta est causa finita est * : este pasado 1 de mayo fué elevado a los altares  y un sinnúmero de motivos tenemos para alegrarnos por ello y otro tanto de testimonios de su vida, que podemos aplicar a la nuestra.

De todos es de reconocer que este tipo de eventos son aprovechados por más de uno, y dejando al juicio del lector sus conclusiones, presentamos lo que en este momento es la controvertida situación que ha pasado precisamente con la figura, literalmente, del ahora beato pontífice. 

La fenecida intelectual siro-mexicana Ikram Antaki, solía afirmar que la opinión es el punto más bajo del pensamiento, por ello es preciso ofrecer distintas fuentes, en este caso enlaces, para que usted mismo elabore sus conclusiones con mayor conocimiento de causa.

El primer enlace nos acerca a la experiencia de un artista católico practicante, la segunda y la tercera son posturas de aquellos que siendo "simples fieles de a pie", como despectivamente algunos suelen referir, la abordan.

PD. Ante un proyecto de tal magnitud, es de suponer que el artista debió considerar, como elemento de peso, el significado que el Beato Joseph Karol Wojtyla tiene para quienes  fue, es y será, referente de la vida de fe... ¿Me equivoco?

27.5.11

Pistas: La carta de San Juan Pablo II a los Artistas (1ra parte)...





Por Héctor Balvanera A.
Bienes Culturales, Arquitectura y Arte Sacro

¿Donde y como iniciar un blog, cuando el límite de la comunicación nos sobrepasa? Iniciamos este espacio, como un pequeño Areópago donde  comunicar las cuestiones de las artes y su relación con la fe. 

 El Beato Juan Pablo II tomó la ocasión del Gran Jubileo de la Encarnación, MM.AD, para dirigirse a los artistas; retomando así el llamado que tanto Pío XII, como Pablo VI lanzaron desde la Sede de Pedro al mundo de las artes.


La lectura y re-lectura de este documento (y eventualmente de otros tantos) plantea el seguimiento de una enorme asignatura pendiente -Si, todavía pendiente-  para la recuperación y desarrollo del dúo: Arte y Fe.

Vayamos a descubrir estas primeras pistas con la carta de Juan Pablo II, luego iremos con las intervenciones de los anteriores pontífices. Asunto aparte nos tomará la ingente intervención de SS Benedicto XVI en esta materia. Me atrevería a decir, mea culpa, que Su Santidad es además de teólogo y maestro, un verdadero artista plástico a través de las imágenes con las cuales ilustra, literalmente, el magisterio de su pontificado.



CARTA DEL SANTO PADRE  JUAN PABLO II A LOS ARTISTAS (1ra parte)
A los que con apasionada entrega
buscan nuevas « epifanías » de la belleza
para ofrecerlas al mundo
a través de la creación artística.
« Dios vio cuanto había hecho, y todo estaba muy bien » (Gn 1, 31)

El artista, imagen de Dios Creador
1. Nadie mejor que vosotros, artistas, geniales constructores de belleza, puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual que los artistas de todos los tiempos, atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y de las palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo asociaros.
Por esto me ha parecido que no hay palabras más apropiadas que las del Génesis para comenzar esta Carta dirigida a vosotros, a quienes me siento unido por experiencias que se remontan muy atrás en el tiempo y han marcado de modo indeleble mi vida. Con este texto quiero situarme en el camino del fecundo diálogo de la Iglesia con los artistas que en dos mil años de historia no se ha interrumpido nunca, y que se presenta también rico de perspectivas de futuro en el umbral del tercer milenio.
En realidad, se trata de un diálogo no solamente motivado por circunstancias históricas o por razones funcionales, sino basado en la esencia misma tanto de la experiencia religiosa como de la creación artística. La página inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi como el modelo ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre artífice se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone en evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el léxico entre las palabras stwórca (creador) y twórca (artífice).
¿Cuál es la diferencia entre « creador » y « artífice »? El que crea da el ser mismo, saca alguna cosa de la nada —ex nihilo sui et subiecti, se dice en latín— y esto, en sentido estricto, es el modo de proceder exclusivo del Omnipotente. El artífice, por el contrario, utiliza algo ya existente, dándole forma y significado. Este modo de actuar es propio del hombre en cuanto imagen de Dios. En efecto, después de haber dicho que Dios creó el hombre y la mujer « a imagen suya » (cf. Gn 1, 27), la Biblia añade que les confió la tarea de dominar la tierra (cf. Gn 1, 28). Fue en el último día de la creación (cf. Gn 1, 28-31). En los días precedentes, como marcando el ritmo de la evolución cósmica, el Señor había creado el universo. Al final creó al hombre, el fruto más noble de su proyecto, al cual sometió el mundo visible como un inmenso campo donde expresar su capacidad creadora.
Así pues, Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la tarea de ser artífice. En la «creación artística» el hombre se revela más que nunca «imagen de Dios» y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda « materia » de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora. Obviamente, es una participación que deja intacta la distancia infinita entre el Creador y la criatura, como señalaba el Cardenal Nicolás de Cusa: «El arte creador, que el alma tiene la suerte de alojar, no se identifica con aquel arte por esencia que es Dios, sino que es solamente una comunicación y una participación del mismo»[1].
Por esto el artista, cuanto más consciente es de su «don», tanto más se siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia vocación y misión.